SOY UN ADICTO — EL INICIO

SOY UN ADICTO — EL INICIO

y así empezó todo...

Fue más o menos hacia el 2007 —¡jueputa, han pasado casi 20 años!— cuando supe, o fui consciente por primera vez en mi vida, que era un adicto. Tenía en ese entonces unos 24 años y venía de darle un vuelco completo a mi vida, buscando encontrar la voz que me sacó de la locura.

¿Usted se preguntará de qué carajos le estoy hablando? Déjeme le cuento. Es una historia enredada y larga; mi vida ha sido una buena película que tiene de todo un poco —nada diferente a la suya o la de cualquier otro—, lo que pasa es que la falta de consciencia y el ego nos impiden ver lo increíbles que son nuestros propios caminos.

STOP, camarada lector. Tengo que advertirle algo: soy un tipo propenso a abrir ventanas y andar contando vainas que nadie me ha preguntado, o que se salen del hilo de lo que quiero comunicar. Así que me detengo acá y retomo. Ya habrá tiempo pa' divagar.


¿Dónde íbamos? ¡Ah, sí! En la búsqueda de la voz.

Fue un año y pico antes, a mediados de 2006. Mi vida había llegado a la cima de los excesos: rumba cinco o seis días a la semana, drogas —todas las que me ofrecieran—, trago ventiao, y por supuesto, mujeres. Vivía en Inglaterra, específicamente en Brighton & Hove —o Sin City, aunque hoy en día, ¿qué ciudad no lo es?—, y ese día era la celebración del Brighton Pride, uno de los Gay Parades más representativos del país.

Como le dije, yo estaba metido en los excesos y, siendo muy sincero, los disfrutaba. Pero ese día en particular vi cosas bizarras y surreales: una mamá comprando drogas para sus hijas adolescentes, que no tendrían más de 15 años. Vi también, en el desfile, al personal gay de instituciones como la policía y los bomberos marchando junto a drag queens de dos metros... y otro poco de cosas que prefiero no describir, pa' que usted no se quede fantaseando con porquerías.

Todo eso, por más excesos que hubiera en mi vida, no dejaba de ser impactante —sepa usted que soy búcaro, santandereano de sangre muy comunera—. Sin embargo, ahí estaba yo tomándome mi primera cerveza a las 9 de la mañana, acompañado de Camila, una española espectacular que me había levantado días atrás, su hermana —que ya no recuerdo cómo se llama— y más adelante otros "amigos" que se fueron sumando.


Long story short: ese día estuve más de doce horas enrumbado, consumiendo, disfrutando de los cariños de Camila. Recuerdo muy bien que en un momento, todavía en la tarde, mi visión tuvo un efecto rarísimo —producto, asumo, de mezclar drogas—. Empecé a ver un recuadro en el centro de mi campo visual que, adonde quiera que mirara, pintaba todo lo que quedaba adentro de color verde. Haga cuentas del cruce de sustancias que había en mi sistema en ese momento.

...algo así

Terminé caminando hacia mi apartamento, arrastrando a un amigo que estaba en una borrachera que no le permitía andar más de diez pasos sin caerse. No sé cómo llegamos al flat, pero llegamos.


Me desplomé en la cama y no recuerdo nada de esa noche.

Al día siguiente me levanté cerca del mediodía, apaleado por el guayabo y la mezcolanza del día anterior. Curiosamente, ninguno de mis roomies estaba en el flat —todos se habían ido a trabajar, incluso el borracho que arrastré la noche anterior, que no tengo idea cómo hizo—. Las bellezas de la juventud. O quizás fue coca, pero prefiero darle el crédito a la juventud.

El caso es que estaba solo, y como buen colombiano, la solución pa'l guayabo es... ¡dígalo conmigo: seguirla! Sí señor. Eso fue lo primero que se vino a mi cabeza. Abrí la nevera, saqué una Stella Artois y de paso un popper que había quedado en el congelador, y me fui al balcón en bermuda y sin camisa.

Fue justo en ese momento que vino la voz.

Acababa de abrir la cerveza. Tenía el popper en la otra mano y estaba por dar el primer sorbo cuando escuché algo muy fuerte —como un trueno, como si dentro del flat tronara—, y lo único que dijo fue:

"TE VAS A MORIR."

Hubo una pausa. Y luego:

"JAVIER, SI SIGUES ASÍ, PRONTO VAS A MORIR."

Y eso fue todo. Pero no solo fue todo: fue suficiente.

Suficiente para asustarme como nunca antes en mi vida. Me derramé la cerveza y el popper y volví al interior del flat. No recuerdo qué hice el resto de ese día. Solo recuerdo el miedo, que no era un miedo normal. Sentía que si me iba de rumba me iba a morir. Si tomaba, me iba a morir. Si seguía así, me iba a morir.

Así que tomé la decisión más sabia de mi vida: había llegado el tiempo de parar.







    

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